Una urgencia personal
“Ante la ley”, el poema que da comienzo a este libro nos presenta a una especie de espectador de la nada, un anacoreta no santo, un marginado en el mismísimo centro de la vorágine que debe darse bríos para permanecer; en el segundo poema una puerta cerrada. De allí en más, nada nos hace dudar de que la poesía de Javier Adúriz penetra en la descarnada realidad que nos conmueve, en la impotencia del hombre en nuestro marco temporal, en nuestro sitio arrinconado del sur. En medio de esta debacle, en “Epigonía” encontramos un grupo de artistas, maestros de la discusión, que como si nada pasase se empeñan en destacar la excelencia de su arte, el resultado: el ronquido de Dios. En “Club” un tanto más cerca de la esfera terrestre, pero tan lejos de la luz —se supone del entendimiento, de la gente—, los miembros del club, entre azarosos dados, mugidos y babeos se desentienden, y la alegoría queda picando, “quien quiera oír que oiga”. Casi como contrapunto de “Club” encontramos al poema “Tinta roja”, donde un Leandro “ebrio de amor por la literatura” se hunde en la marea del tiempo. Esa contracara, la realidad de la luz, la que exige a la palabra por y para la vida, es la que empieza a pesar como tema y como alimento, en los poemas que siguen, más o menos promediando el libro, a partir del bellísimo poema “Esta la calle y el aire...”, donde el personaje central “Ana”, a quien está dedicado el libro, destinatario cuyos ojos, nos hace imposible no comparar, y agradecemos, a ciertos personajes femeninos de Montale, se convierte en la tabla de salvación “que restaura/ el ambiguo triunfo de estar vivo”, un grupo de poemas de tono íntimo nos retorna a ámbitos más protectores, así es que la vida privada del poeta se abre a las palabras en un tono sereno, mesurado, y el poeta nos deja una breve, uno la quisiera más amplia, lección de poesía amasada a partir del cotidiano vivir, así que desde su Ana hasta un coro vibrante de amigos la conclusión llega: “La desesperación no existe”. Digno es de destacar el poema en prosa, para aquellos que no tienen “laurel ni madreselva en su tumba”, emotiva, ajeno a cualquier golpe de efecto, cumple con su homenaje, internándose otra vez en nuestra penosa historia colectiva. En fin, el corazón, qué lugar común, es el menos común de los lugares para el poeta que siente al poema como una personal urgencia que, sin embargo, deberá trabajar y desnudar con el tiempo a favor; pues se nota en estos poemas el lento golpe del artesano sobre la madera añosa. El libro para finalizar vuelve a penetrar en la jungla, donde un gracioso y a la vez trágico “Saturno en el balcón alza las manos”, balcón que no podía faltar en toda lección de historia, y siguen, entre otros, la metrópolis, un revolucionario croto, ese país al revés y, entre tanto, una mariposa que sobrevive a los ácidos, como la buena poesía, para el asombro.
En síntesis, un nuevo libro, de Javier Adúriz (Buenos Aires, 1949) su quinto libro —entre los anteriores, dicho sea de paso, cuenta con un par de premios del Fondo Nacional de las Artes— que cumple con el tiempo histórico, su edad y la poesía.
