Obra completa
"“Me encuentro con mi poesía al no saber cómo hacerla”, dice Héctor Viel Temperley en una entrevista de 1987, el mismo año de su muerte. Inseparable del aprendizaje, cuando afirma este no saber su poesía ya está cerrada como obra. Por esta época, el nombre de Viel comienza a ser secreteado como el de un gran poeta, aunque la falta de ediciones mantuvo su producción en un círculo restringido de lectores hasta 1997, cuando se reeditan sus dos últimos libros: “Crawl” y “Hospital Británico”. La aparición de sus Obras Completas saca del archivo sus poemas y la perspectiva extendida de todos sus libros no hace sino confirmar ese secreto.
En las antípodas de una preceptiva o de cualquier a priori, su poesía se ubica en un camino inverso al del saber; parte de forma más estructuradas, el uso de endecasílabos y heptasílabos, por ejemplo, para ir desarmándose en busca de cauces más abiertos. Llega a la espacialidad del poema lograda en “Crawl” a través de versos tan alargados como los del braceo del nadador, pausados como su respiración, o a esa forma fragmentaria, en “Hospital Británico”, donde hay que seguir el poema en forma de anotación dispersa, como la de un cuaderno de apuntes o la de un diario. Desde “Carta de marear” (1976) el relato por donde se desliza el poema, aunque explicite alguna referencia, se vuelve opaco; sólo podrá recibirse la resonancia interna del yo poético, la obsesividad circular de los ritornelos en los que se apoya; como el ya famoso de “Crawl”: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”. En “Legión Extranjera” puede percibirse una zona común con el surrealismo que lo acerca a la poesía de Enrique Molina y a la de Francisco Madariaga. Es además un libro clave, por poemas antológicos como “El verde claro” y por profundizar una concepción de libro donde los poemas dialogan entre sí y se reescriben. Anticipa “Hospital Británico”, donde reaparecen versos de sus primeros libros, como si lo que fue procedimiento hubiese encarnado y el escribir enfrentado a la muerte le devolviese en esquirlas lo hace mucho tiempo escrito.
Inseparable del aprendizaje, aun cuando está cumplida, su poesía también es inseparable de la experiencia mística. En su poesía estalla el recogimiento del cristiano creyente a través del cuerpo. Nadar en aguas abiertas, abrir una ventana al aire frío o galopar en la llanura señalan en la poesía de Viel ensanches de lo sagrado, caminos poco ortodoxos. No es sólo una fe panteísta, siempre coexiste la imagen cristiana, como la del Cristo Pantokrator del hospital, así como el sentido de devoción o de culpa. “Todas las semanas cometo los mismos pecados/ sigo crucificado en el mismo y destemplado aire”, dice en “Plaza Batallón 40”. Su poesía obliga al lector a entrar y salir de misa y recuperar fe sin dejar de traspasar límites.
