El equilibrio perfecto
Esta antología de Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924), realizada por el autor, amplía y modifica la anterior, también publicada por Ediciones del Dock hacia 1990. Incluye poemas de todos sus libros: “Nuestros días mortales” (1958), “Contemporáneo del mundo” (1962), “las condiciones de la época” (1967), “Señales de una causa personal” (1977), “Principios de incertidumbre” (1980), “Violín obligado” (1984) y “Cabeza final” (1991). Varios de estos títulos son hoy inhallables, de modo que la antología favorece una excelente aproximación a sus textos, aunque sería deseable contar por fin con una buena edición de los poemas completos.
Leer hoy a Giannuzzi está lejos de ser una operación arqueológica: pertenece a esa clase de poetas fundamentales que, continua y silenciosamente, influyen en la poesía de una o dos generaciones. Esto se hace evidente, por ejemplo, en el dossier dedicado al poeta por el “Diario de poesía”, en los reconocimientos de poetas jóvenes como Fabián Casas o en la valiosa difusión de Giannuzzi que llevó a cabo, por diversos medios, Jorge Fondebrider. Al mismo tiempo, la poesía de Giannuzzi es leída con una visión renovada, confirmando ese viejo aserto borgeano por el cual cada escritor crea sus precursores. Esa visión lo enriquece y, a la vez, lo modifica.
Suele mencionarse el objetivismo de Giannuzzi. En su mentado texto “Poética”, por ejemplo, la mera presencia del objeto, como pura manifestación, es índice del poema. La mirada busca ser, aquí, intencional, en el sentido fenomenológico del término, como varias veces sugirió el autor: el poema sólo puede ser el poema de un objeto y el objeto no puede sino conformarse en poema. “Poesía —escribe Giannuzzi— es lo que se está viendo”. Pero el drama de la mirada del poema de Giannuzzi no reside en su incapacidad de descubrir lo que es, sino en la ambigüedad propia del nombrar. Como si la contundencia de la materia no alcanzara su plena manifestación en el sustantivo, como si la conciencia sustantivadora no alcanzara la certidumbre de la exactitud. Esta ambigüedad partiría de un conflicto mayor y central en su poesía, conflicto de cuya irresolución se nutren los textos más eficaces y dramáticos: el antagonismo entre conciencia y naturaleza. Es decir, entre la real capacidad de la conciencia por someter a sus fines la naturaleza exterior y la absoluta indiferencia de la naturaleza en ser dominada (inútilmente) por una conciencia ajena. La palabra, el poema, serían parte de esta racionalidad fracasada y, a la vez, testimonio de esa lucha. De allí que esos poemas de Giannuzzi que parecen reducidos a una particular circunstancia irrepetible y casual tengan, a menudo, la fuerza de una alegoría laica. Esa conciencia derrotada jamás se representa de un modo abstracto: su avatar es el cuerpo que envejece y lentamente se despide del mundo con sus fluidos oscuros y su carne mortal. No es usual hallar en otros poetas argentinos una anatomía de la declinación como la representada en la poesía de Giannuzzi, cuya conciencia poética se define entre lo fortuito de la existencia, por una lado, y la contingencia demencial de la época, por otro. No sólo la vida parece carecer de finalidad y es ujn accidente que nos transforma en muertos, sino también la historia revela una irracionalidad que acaba por arrojar cadáveres.
Sin embargo, hay escasos momentos epifánicos donde el texto vacila hacia un deslumbramiento: unas uvas rosadas, café y manzanas en la tarde de junio, el ballet en el cuadro de Degas, las anémonas de Matisse, cuerpos en la piscina, la gracia de la joven vida de la hija. Esas epifanías son, también, el poema. Y hay otro alivio, persistente y, a la vez, disimulado por los efectos de una lírica casi nihilista: el fluir rítmico de los versos, la armonía sonora resuelta en una acentuación que respeta olvidados patrones clásicos y el perfecto equilibrio compositivo. Formas y apariencias con las cuales Joaquín Giannuzzi repite esa vieja costumbre humana de ofrecer belleza en medio de la desgracia.
