Disparos al fondo

Autor de la crítica: 
Susana Cella
Medio: 
Diario “Página 12” Suplemento Primer Plano
Tema: 
Crítica del libro “Cabeza final” de Joaquín O. Giannuzzi

El domingo quince de mayo de 1973 el diario “La Opinión” publicó una serie de poemas de Joaquín Giannuzzi. En ellos se descubría una voz particular, con puntos de contacto quizá con Nicanor Parra, César Fernández Moreno o Heberto Padilla. Tenía en ese momento tres libros, “Nuestros días mortales”, “Contemporáneo del mundo” y “Las condiciones de la época”. Para algunos su modo de nombrar —el lenguaje directo estructurado en el verso libre de impecable ritmo y la reflexión no estentórea sobre la situación del hombre, el país (y América) y la época— se convirtió desde entonces en una referencia que los hechos posteriores no hicieron olvidar.
Aquella selección muestra constantes en su poesía: la acechante presencia de la decrepitud y la muerte frente a la insistente pugna de la vida; la recurrencia de elementos que transportan, como si se diera vuelta un guante, de su insignificante y casi inadvertida presencia, a reflexiones sobre la condición humana: la mosca, por ejemplo. “Mosca de velorio”, remite, marcando una continuidad, a “Mosca final” y “Epigrama” contenidos en el recientemente aparecido “Cabeza final”, su séptimo libro.
Este poemario puede verse como la culminación de un trayecto poético organizado en torno de pocas —pero sólidas— preocupaciones. Primordialmente la relacióin entre la materia verbal y la materia de que está hecho el mundo, sobre todo el mundo “contemporáneo”, la ciudad, los utensilios cotidianos y los desechos. La búsqueda utópica del encuentro entre la palabra y la cosa se hace desnudando la palabra —nada más lejos en Giannuzzi que el adorno— en un ademán paralelo al intento de desnudar el objeto, desentrañar la materia que lo construye.
Al leer “Cabeza final” se tiene la impresión de estar frente a una serie de lúcidos fotogramas contenidos en grupos mayores. La vida se apresa mientras transcurre en “El abundante presente” o “Demandas de la existencia” (las dos primeras partes en que se divide el texto), casi siempre con el trasfondo de un tiroteo o un desorden (“y usted se pregunta qué época es ésta/ que no lo dejan a uno terminar la sopa”). Ciertos personajes —todos muertos— como Chaplin, Ingrid Bergman, Emily Dickinson, Fernando Pessoa y Blaise Cendrars, funcionan como motivos para dar cuenta de la vida fugaz y la fatiga de estar constantemente asediado por todas las señales que los “vicios del mundo moderno” envían a una conciencia activa. El refugio en el espacio privado no garantiza tampoco la quietud.
“¿Qué significa esta acumulación incesante/ de una vida?”, se pregunta el poeta en “Reunión de familia”. La sucesión de instantáneas y consideraciones desemboca en “Naufragios del Futuro” (última parte del libro) donde ese conflicto sin tregua, vida abundante contra muerte corrosiva, hace volver de lado la cabeza agobiada por tanto fracaso, pero a la vez despertar la mano derecha que en la luz del amanecer se desplaza sobre la página.